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| (VIENE DE LA PRINCIPAL) Queridos lectores: a continuación damos a conocer dos cuentos de uno de los escritores preferidos por nosotros: Mamerto Menapace. Sus cuentos han servido para la tarea de evangelización y es un punto de encuentro para la reflexión. Recomendamos desde ya su lectura y profundización sobre otras obras de este mismo autor.
Las Señales de Dios "Era un hombre bueno que trabajaba fuerte. Supongamos en una
oficina toda la semana. Una cosa que le encantaba, responsable de su trabajo, era los
fines de semana, cuando podía dedicarse a su hobbie, diría su berrinche, su berretín,
su gusto, su deporte, que era la navegación a vela. Eso le encantaba. Mientras tanto, puso el mástil sobre unas piedras, sobre unos troncos, extendió la vela, agarro unas piedras y las puso como para que la vela quedara hecha un techito. Cortó ramas verdes, las puso arriba, y se dió cuenta que estaba todo totalmente mojado. Buscó la brújula pero no la encontró. Todo, todo lo había perdido. Lo único que logro salvar era un encendedor chiquito que tenia en el bolsillo. Lo dejó secar bien y se dijo: "Bueno, por lo menos voy a encender un fuego". Sopló y al final logro encender un fueguito. Se sacó los pantalones, los colgó. Se saco la camisa y dijo: "Bueno, mientras voy a buscar algo para comer -algún pescado en la playa, una cosa así- espero que todo esto se seque para que, a la tardecita, cuando venga este todo seco, porque vaya a saber cuantos días van a tardar en encontrarme, porque no tengo ninguna manera de que me encuentren rápido". Salió a caminar. Encontró un pescadito por acá, otra cosa por allá. Total que el pobre, en un determinado momento le dijo a Dios: "Señor Dios, me pongo en tus manos, soy tu hijo. Me salvaste la vida, por algo será. Te pido por favor, protégeme, cuídame este poquito que tengo porque tengo que irme." Y se fue. De repente mira para atrás y vió el desastre. Un golpe de viento tiró los pantalones secos pero sobre el fuego, estaban ardiendo los pantalones, la camisa, el tronco, la vela, las ramas, todo, todo. Cuando llego corriendo después de un rato hasta el lugar encontró el braserío. Todo, todo se había quemado. Se arrodilló amargado y casi gritando dijo: "Señor Dios, vos sos mi Padre. Mirá lo que me venís a hacer. Lo único que había salvado: mi ropa, un lugar donde guarecerme, y todo, todo se quemó. Me puse en tus manos y mira la respuesta que me das. Señor Dios: si sos un Padre ¿así trata un padre a su hijo?... Por favor, Señor Dios, yo que tanto te había pedido...". Se sentó sobre un tronco, puso la cabeza entre las rodillas, y ahí, agotado, se quedó dormido, profundamente dormido. Hacia dos noches y un día que no dormía. Tan dormido se quedó cuando, de repente, lo despierta una sirena. Medio dormido se dió cuenta que era la sirena de un barco y salió corriendo como para buscar la partera. Trepó el médano, corto una rama como para hacerle seña a la gente donde estaba pero, para su asombro, cuando subió al médano, vió que el barco estaba parado, ahí, delante de él, a unos 500 metros, y un bote con 4 personas venía para rescatarlo. Cuando llegan, le dicen: "Venimos a salvarte. Viste que te encontramos". "Y, ¿cómo sabían que yo estaba acá?", les dijo asombrado. "Por las señales de humo que nos hiciste ayer", le respondieron. Lo que él había pensado que era el desastre, el olvido, el final, fue la señal que permitió que lo encontraran y lo salvaran. Cuantas veces lo que nosotros consideramos que es el final de todo, que es el desastre total, a lo mejor en el plan de Dios es el momento del verdadero encuentro. ¿No será así, quizás, también nuestra muerte?. Creemos que es el fin, el desastre total, el final y en realidad será el momento en que nos encontremos con el abrazo de Dios, definitivo, total, la vida completa. Para pensarlo. ¿No?. Dios los bendiga: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen. El príncipe y el espejo Era muy rico. Y sin embargo comenzó a sentirse triste. Al principio pareció que se trataba simplemente de aburrimiento. Pero poco a poco la tristeza comenzó a tomar su verdadera cara: la soledad. O peor dicho: el aislamiento. Sí. Se sentía acorralado. Aislado y muy solo. A nada le encontraba gusto. El principito recién asomaba a la vida, y la vida ya comenzaba a no tener sabor para él. Y no era por falta de condimentos. Porque su padre el Rey trataba de darle todos los gustos. Le había llenado su habitación con toda clase de juguetes raros y costosísimos. Las mejores comidas y golosinas eran para él. Hasta tenía su mesa para hacer los deberes, cubierta de una fina lámina de plata pulida y brillante. Le habían asignado la mejor sala del palacio, con una gran ventana que daba sobre la plaza del pueblo. Para que gozara del sol y estuviera protegido del frío, habían puesto en la ventana el mejor cristal que se había conseguido en todo el reino. Ni siquiera una falla se hubiera podido encontrar en aquel gran vidrio que permitía ver todo lo que pasaban en la plaza. Y sin embargo el principito empeoraba día a día. Se sentía siempre peor. Cada vez más triste, más solo y aislado, sin gusto para nada, pensando nada más que en sí mismo y en todo lo que le traían para entretenerlo. Fueron consultados los mejores médicos y sabios del país para que le encontraran cura. Pero nada habían conseguido. Nadie acertaba con la causa de la extraña enfermedad. La cosa parecía no tener remedio. Hasta que al fin decidieron consultar a un sabio y viejo ermitaño que vivía solo en la montaña. Quizá él pudiera comprender este extraño mal de la soledad del principito. Era tan pobre el ermitaño, que tuvieron que prestarle un manto para que pudiera venir al palacio. Después de saludar al Rey, pidió poder quedarse solo con el principito en la pieza de la gran ventana de cristal. Entonces lo invitó al joven a que se acercara y mirara hacia fuera a través del límpido vidrio. Así lo hicieron los dos, y el ermitaño le preguntó al principito:
Entonces el ermitaño sin decir nada, tomó la fina lámpara de plata que cubría la mesa, y la colocó detrás del cristal de la ventada, que quedó así convertida en un espejo. Y volvió a preguntarle:
Autor: Mamerto Menapace Para meditar: Aprender a valorar lo que poseemos debe ser un objetivo diario de cada uno. Con esto me refiero a descubrir en los que nos rodean verdaderos tesoros, encontrar en ellos la riqueza más grande de todas: el amor. El amor nos permite sobrellevar cualquier momento y situación que Dios nos ponga como prueba para poder enfrentarlo y superarlo satisfactoriamente. Tenemos que aprender a no desear continuamente lo que uno no posee; el conseguir las cosas con esfuerzo es lo que nos hace apreciarlas y aprovecharlas sabiamente. La felicidad no está en el sueldo que uno recibe mensualmente, sino en las personas que nos rodean y acompañan en el camino que a cada uno le toca vivir.
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