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Página Principal- El Papa y la Guerra
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Relatos de un cristiano que fue obligado a servir al Nazismo y que dio a conocer su fe en momentos de decisión. Joseph Ratzinger relata en su obra autobiográfica: "Mi vida. Recuerdos" (1927-1977) como vivió su juventud en el contexto del gobierno de Hitler.

A finales de 1932 la familia Ratzinger se instala en Aschau junto al Inn, un pueblo campesino con grandes y vistosas granjas. Casi dos meses después, el 30 de enero de 1933, Hindenburg confía a Hitler el cargo de canciller del Reich. Al respecto Joseph relata: "no me acuerdo nada de aquel día lluvioso, pero mis hermanos me han contado que la escuela tuvo que realizar una marcha a través del pueblo que se convirtió en un zapateo sobre el barro y bajo la lluvia  y que no despertó entusiasmo alguno".

"Fueron implantadas la Juventud Hitleriana y la Liga de las muchachas alemanas, asociadas a la escuela, de modo que mi hermana y hermano tuvieron que tomar parte en las manifestaciones".

"Al principio la guerra parecía casi irreal, pero para 1940 se hizo tangible; ese año, el de los grandes triunfos de Hitler fueron ocupados los países de Dinamarca, Holanda, Luxemburgo, Bélgica, Noruega y Francia".

Según cuenta Joseph, su padre creía que esa victoria de Hitler era el triunfo no de Alemania, sino del Anticristo, lo cual inauguraba el comienzo de los tiempos apocalípticos.

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Ante la creciente insuficiencia de personal militar con la que contaban los nacionalsocialistas, idearon un plan en 1943, en la que promovieron a estudiantes de los internados, para que colaboraran en sus tiempos libres en los servicios de defensa de los ataques aéreos enemigos. Así pues, Joseph, con solo 16 años, tuvo que aceptar la propuesta prestando la ayuda en el norte de la ciudad de Munich, y cumpliendo similares actos y formas que un militar con la única diferencia de poder acudir a un número reducido de clases.

El nuevo Papa hace una descripción de aquellos tiempos: "en verano comenzaron los ataques aéreos sobre Munich de manera sistemática; era terrible tener que constatar cada vez nuevas destrucciones y experimentar como la ciudad iba convirtiéndose en ruinas piedra por piedra. La atmósfera se llenaba de humo y olor a quemado". 

Además, releva su pensamiento en esa época al decir que tanto él como la mayor parte de ellos "veían con esperanza la invasión de Francia por parte de los aliados y había una gran confianza para que las potencias ayudarán a Alemania a salir de esa situación". Sin embargo admite: "¿quién de nosotros viviría todo eso?. Nadie podía estar seguro de salir vivo de aquel infierno".

"El 10 de septiembre de 1944 (cuando estaba realmente en el período de edad del servicio militar) nos licenciaron del servicio antiaéreo. Cuando volví a casa estaba sobre la mesa la llamada para el servicio laboral del Reich".

"El 20 de septiembre, tras un largo viaje, me asignaron en un campamento situado en el ángulo del territorio en el que Austria limita con Hungría y Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio han permanecido en mi memoria como un recuerdo opresivo".

Ratzinger fue sacado una noche de la cama por un oficial de la SS, que lo reunió a él y a todos los soldados para comprometerlos a formar parte de ese cuerpo criminal. Al respecto, dice Ratzinger: "yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria porque sabíamos que nos librábamos de ese enrolamiento falsamente "voluntario" y de todas sus consecuencias...".

Luego de ello, Ratzinger fue reubicado en otro lugar en el que contó con autoridades superiores más bondadosas y con un entorno más llevadero que el anterior, en un contexto de caos, miedo y violencia.

Para abril o mayo de 1945, Ratzinger decide desertar y regresar a su casa corriendo el riesgo de ser fusilado: "sabía que la ciudad estaba llena de soldados que tenían la orden de fusilar en el acto a los desertores; por eso tomé para salir de la ciudad, un camino secundario. No obstante, a la salida de un túnel estaban apostados dos soldados; por fortuna eran de aquellos que estaban hartos de la guerra y me hicieron pasar como herido, utilizando como pretexto el hecho de tener una venda en el brazo que llevaba de una lesión".

La historia tiene para el nuevo Papa un final feliz, que parece no querer darle rienda: al regresar a su casa, recibe la visita de miembros de la SS que se alojan por varios días y a pesar de llevar la fama de ahorcar a los desertores se marchan de un día a otro sin actuar en consecuencia.

Unos días después entran los americanos al pueblo, tomando a Joseph como prisionero de guerra y siendo acuartelado junto con otros 50 mil prisioneros.

Finalmente, el 19 de junio de 1945, tras pasar diversos controles y reconocimientos, recibe su libertad. Ratzinger afirma: "esos meses siguientes al fin de la guerra fueron llenos de felicidad; durante las fiestas de Navidad logramos organizar un encuentro entre nuestros compañeros de clase: muchos habían caído y los repatriados con mayor razón, estaban agradecidos por el don de la vida que renacía aun en medio de todas las destrucciones".

Como conclusión personal puede decirse que Benedicto XVI fue un fiel creyente: no se desanimó jamás aun en circunstancias de muerte y odio donde no había espacio posible para encontrar la presencia de Cristo. Arriesgo su vida por lo que creía y por su vocación y le dio sustento al dicho que dice: "en las situaciones límites, surge el verdadero valor del cristiano".

A veces nos dejamos engañar por los discursos del pensamiento y por las informaciones inoportunas y poco profundas. Debemos saber analizar los hechos para juzgar y entender las realidades de épocas pasadas que de solo imaginarlas puede producirnos la sensación de plena superación.

El nuevo Papa estuvo a la altura de lo que creía y dispuesto a dar la vida por ello. Debe ser que Cristo lo vale.

 

*Por Ignacio Lovage
Basado en artículo del diario La Nación y el libro "Mi Vida. Recuerdos (1927-1977)".
www.ser-creyente.com.ar  
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